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El caballero que no sabía pedir perdón

caballoErase una vez un despiadado caballero que durante toda su vida no había hecho otra cosa que sembrar la discordia, y causar dolor a cuantas personas habían osado cruzarse en su camino.

Un buen día, al levantarse, observó que le habían salido unas llagas purulentas y malolientes en la piel de todo su cuerpo. A medida que pasaban los días, las úlceras iban creciendo y creciendo. Asustado, decidió acudir al lago azul, famoso por curar todo tipo de enfermedades.

Agotado por el viaje, bajó de su caballo y se sentó en la orilla del lago. De pronto, emergió de las aguas una hermosísima ninfa que le preguntó:

-Poderoso caballero ¿qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

-Hace tiempo que vengo sufriendo de terribles heridas que invaden todo mi cuerpo.

La ninfa  le dijo:

-Báñate en el lago.

El hidalgo así lo hizo y, después de permanecer varios minutos en las frías aguas, salió. Y cuál fue su sorpresa, al comprobar que no había desaparecido ni una sola de sus llagas.

-¡Mira! -exclamó enfadado-: No he sanado.

El hada sin perder  la calma le dijo:

-Tus llagas son el fruto del odio que llevas en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón  puede curarte.

El aristócrata, enfurecido, montó de nuevo sobre su caballo y con premura se alejó de allí.

Pasó el tiempo y, un atardecer de verano, el caballero regresó de nuevo hasta el lago. La ninfa emergió nuevamente de las aguas y le preguntó:

-¿Qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

-¿Es que no me reconoces?

El hada le observó con detenimiento durante unos minutos y le dijo:

-Han aumentado tanto las lesiones de tu piel que, de no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido.

El hidalgo, angustiado, exclamó:

-¡Ayúdame! Me he convertido en un monstruo repugnante, y sufro de terribles dolores.

La ninfa,  con voz serena, le respondió:

-Las úlceras son el fruto del odio que anida en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón puede sanarte. El dolor que sufres, no es otra cosa que tu propio arrepentimiento.

El hidalgo, cabizbajo, montó de nuevo sobre su caballo y se alejó del lugar.

Pasó el tiempo y, un amanecer, llegó hasta el lago un apuesto joven.

La mágica dama emergió de las transparentes aguas y le preguntó:

¿Qué has venido a buscar aquí?

El joven  respondió, a la vez que se dibujaba una gran sonrisa en sus labios:

-¿No me reconoces?   Yo, soy aquel caballero lleno de úlceras que vino hasta ti para pedirte ayuda. ¿Me recuerdas ahora?

El hada, sorprendida, exclamó:

-De no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido. Te has transformado en un joven muy apuesto, me entusiasma comprobar que estás completamente sano.

El gentilhombre prosiguió:

-Vengo a darte las gracias, hermosa dama. Puse en práctica tu sabio consejo, y fui a pedir perdón a todos y cada uno de los seres humanos a los que un día hice daño. Por cada persona que me perdonaba de corazón, desaparecía una de mis llagas. Así, hasta curarme del todo.

La ninfa sonrió satisfecha.

-No tienes nada que agradecerme, lo has hecho todo tú solo. Yo tan sólo soy la voz de tu conciencia y el lago, el espejo donde veías  reflejado tu interior. A partir de ahora, dedícate a hacer el bien y a amar a tus semejantes y, cuando quieras hablar conmigo, tan sólo tendrás que escuchar la voz de tu corazón.

 

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¿POR QUÉ ME GUSTAN PAREJAS COMPROMETIDAS?

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El estar enamorado de una persona que está comprometida con otro(a), produce una gran dosis de sufrimiento y dolor, para todos los involucrados. Sin embargo algunas personas parecen sentir una atracción especial por este tipo de relaciones e inclusive si la pareja se separa de su mujer o su marido, pierden por completo el interés y luego más adelante cuando su ex pareja tiene a otro, de pronto se dan cuenta que “que siguen enamorados de su ex”. Aprendemos a relacionarnos a través del modelo de pareja que observamos de nuestros padres o de nuestro sistema familiar, en consecuencia cuando se repite una condición en nuestra vida, se hace necesario profundizar en esa relación primaria para ver lo que hay oculto detrás de dicha repetición.

 

 

 

¿CUÁLES SON LAS CAUSAS SISTÉMICAS?

  • Incapacidad para comprometerse: cuando por ejemplo un miembro del sistema familiar ha sido victima de infidelidad y toda la vida se ha quejado por esta situación, normalmente los descendiente tienen miedo a sufrir el mismo destino entonces se dicen a sí mismos “No sufriré como mamá/papá entonces soy la amante…para que nadie me tome por tonta”

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  • Perpetuar el triángulo Madre-Padre-Hija(o): Cuando uno de los padres no está disponible porque está sobre vinculado a su propio sistema familiar, entonces uno de los hijos se hace “pareja energética” de uno de los padres y se establece una especie de complicidad y por otra parte de rivalidad con el otro padre. Esto es lo que entiende la persona por amor y lleva este triángulo a sus relaciones de pareja, como única forma que tiene de relacionarse

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  • Rivalidad Fraterna: El niño puede sentirse menos favorecido que sus hermanos. El haber percibido estar a la sombra de un hermano(a) que atrae toda la atención de los padres, genera en el corazón del niño un profundo resentimiento, luego más adelante una pareja se convierte en su proyección de mamá o de papá y la pareja de éste se convierte en el hermano(a) con el cual siente la necesidad de competir, en estos casos normalmente se manipula a la pareja para que deje al otro a cualquier precio.

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  • Parentificación: La Terapia Contextual de I. Bosrzormenyi Nagy (1985) profundiza en el cambio de roles del hijo con los padres. El ser leal a uno de los padres llevando sus deseos como propios, ocupando el lugar del adulto (del padre o a la madre). El asumir el rol de “madre o padre” , se proyecta a su relación de pareja, atrayendo para sí parejas inmaduras que dependen de ella o de él, pero que tienen su pareja porque el amante simplemente cumple las funciones de cuidarle, entenderle, consentirle.

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  • Dinámica familiar no resuelta: Cuando en el sistema familiar se ha interrumpido un amor ya sea por un accidente o por muerte prematura. El vacío que se siente es muy grande y normalmente se tiende a inhibir este dolor. En consecuencia queda una especie de añoranza en todo el sistema. Entonces la persona que lleve esta carga sistémica, siempre buscará a esa persona por lealtad sistémica y en cada nueva pareja tendrá la sensación de encontrarla y el que tenga pareja, hace ya de por sí que el amor no se termine dando en su totalidad (Repetición de historia ancestral)

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RECOMENDACIONES PARA SALIR DE LA DINÁMICA

  • Reconocer la dinámica oculta tras la situación: profundizando en ella sin culpabilizarse
  • Trabajar responsablemente: en el camino de vuelta al amor propio y el compromiso consigo mismo
  • Sanar las heridas infantiles: transformar la sobre vinculación o vinculación tóxica con los padres y hermanos, para poder relacionarse saludablemente con los demás.
  • Profundizar en el árbol genealógico: buscando historias de “solterías” o “amores interrumpidos”. El hacerlo consciente ya de por sí es profundamente sanador.

 

SEGÚN ORDENES DEL AMOR

 

 

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“No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”

 

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Cuando llegue a mi casa esa noche, mientras mi esposa me servia la cena, le agarre su mano y le dije, tengo algo que decirte. Ella se sentó y comió callada. La observe y vi el dolor en sus ojos, de pronto no sabía como abrir mi boca, pero tenía que decirle lo que estaba pensando. “Quiero el divorcio”.

Ella no parecía estar disgustada por mis palabras y me pregunto suavemente ¿por qué?… No supe que responder.

Esa noche no hablamos, sólo escuche lo mucho que lloraba. Sabía que quería saber que estaba pasando con nuestro matrimonio, pero no pude contestarle. Sucedió que ella había perdido mi corazón, ahora le pertenecía a otra mujer. Yo ya no amaba a mi esposa, solamente le tenía lastima.

Con un gran sentido de culpabilidad, escribí un acuerdo de divorcio y en este acuerdo ella se quedaba con la casa, el carro y el 30% de nuestro negocio. Ella miró el acuerdo y lo rompió a pedazos.

Ella pasó 10 años de su vida conmigo y éramos como extraños. Yo le tenía lastima, por todo su tiempo perdido, su energía pero ya no podía cambiar, yo amaba a otra mujer. De pronto empezó a gritar y a llorar para desahogarse. La idea del divorcio ahora era más clara para mí.

Al día siguiente llegue a casa y la encontré escribiendo en la mesa. No cene y me fui a dormir, estaba muy cansado.
Cuando desperté, todavía estaba mi esposa escribiendo en la mesa. No me importó, me vire y seguí durmiendo.

Por la mañana mi esposa me presento sus condiciones para el divorcio. No quería nada de mí, pero necesitaba un mes de aviso antes del divorcio. En sus condiciones me pedía que por un mes tuviéramos que vivir como hasta ahora, vivir normal. Su razón era simple, nuestro hijo tenía todo ese mes exámenes y no quería molestarlo con nuestro matrimonio quebrantado. Yo estuve de acuerdo, ella tenía otra petición. Que me acordara cuando yo la cargué a nuestro cuarto el día que nos casamos. Me pidió que por ese mes, todos los días la cargara del cuarto hasta la puerta de salida de la casa.

Pensé que se había vuelto loca, pero para llevar la fiesta en paz, y para que firmara el divorcio después del mes, acepte.

Le conté a mi otra mujer lo que mi esposa me había pedido. Ella se reía en voz alta, y decía que era absurda la petición, que no importaba que truco usara, tendría que darle la cara al divorcio.

Mi esposa y yo no teníamos contacto físico desde que exprese mis intenciones de divorcio, así que cuando la cargué el primer día hasta la puerta de salida, los dos nos sentimos mal, incómodos. Nuestro hijo caminaba detrás aplaudiendo y diciendo: “Papá esta cargando a mi mami en sus brazos”. Sus palabras me causaron mucho dolor. Caminé los 10 metros con mi esposa en mis brazos, ella cerró los ojos y me dijo en voz baja: “No le digas a nuestro hijo del divorcio”. Afirme con la cabeza un poco disgustado, la baje cuando llegue a la puerta, y se fue a esperar el transporte para ir al trabajo.

El segundo día; los dos estábamos mas relajados, ella se apoyo en mi pecho. Pude sentir su fragancia, me di cuenta que hacia tiempo que no la miraba detenidamente. Ya no era tan joven, tenía algunas arrugas, algunas canas. Era notable el daño de nuestro matrimonio. Por un momento pensé y me pregunte. ¿Qué fue lo que le hice?…

El cuarto día; la cargué, sentí que la intimidad estaba regresando entre ambos. Esta era la mujer que me dio 10 años de su vida. En el quinto y sexto día, seguía creciendo nuestra intimidad. No le dije nada al respecto a mi otra mujer, pero cada día era más fácil cargar a mi esposa. Pensé que me estaba acostumbrando a cargarla porque era menos notable cargar el peso de su cuerpo conforme pasaban los días.

Una mañana ella estaba viendo que ponerse, se había probado muchos vestidos pero no servían. Se quejo diciendo: ¡Mi ropa se ha puesto grande! Y fue ahí que me di cuenta que estaba muy delgada, y esa era la razón por la cual yo no sentía su peso al cargarla.
De pronto sentí que le había entrado mucho dolor y amargura. Sin darme cuenta le toque su cabello, en ese momento nuestro hijo entro a la recamará y dijo: “Papá llego el momento de que cargues a mamá hasta la puerta”.

Para mi hijo ver a su padre día tras día cargar a su mamá hasta la puerta, se había convertido en una parte esencial de su vida. Mi esposa lo abrazó, yo mire mi cara, sentí temor que cambiara mi forma de pensar sobre el divorcio.

Cargar a mi esposa en mis brazos hasta la puerta, se sentía igual que el primer día de nuestra boda. Ella acariciaba mi cuello suavemente y natural, yo la abrazaba fuerte, igual que nuestra noche de bodas. La abrace y no me moví, pero la sentí tan livianita y delgada que me dio tristeza.

El último día igual la abracé y no quería moverme, quería que el momento durara mucho más.

Maneje para la oficina, un impulso dentro de mi me hizo cambiar de dirección. Al llegar a mi nuevo destino salí del auto, subí las escaleras y al tocar la puerta mi otra mujer me abrió.

La vi a los ojos y sin dudar le dije: “Lo siento, no quiero ni voy a divorciarme de mi esposa”.

Ella me miro con asombro, quería explicaciones. Yo, amaba a mi esposa y ella a mí. Era que entramos en rutina y estaba aburrido, no valore los detalles de nuestra vida, hasta que empecé a cargarla de nuevo, me di cuenta que debo y quiero cargarla por el resto de nuestras vidas.

Ella lloró, me dio una bofetada y cerro la puerta. Baje las escaleras, subí al auto y llegue a la florería. Compre el arreglo más hermoso para mi esposa. La joven en la florería me entrego una tarjeta, donde de puño y letra escribí: “Te cargare todas las mañanas hasta que la muerte nos separe”.

Llegue a mi casa con flores en la mano y una sonrisa, corrí y subí para encontrarme con mi esposa, pero ella ¡estaba muerta!

Le habían detectado cáncer y yo estaba tan ocupado con otra que no me di cuenta. Mi esposa sabía que se estaba muriendo, y por ese motivo pidió un mes de aviso antes del divorcio, para que nuestro hijo no le quedara un mal recuerdo de la vida matrimonial de sus padres. Para que no tuviera una reacción negativa. Por lo menos, le quedaría saber que su padre era un esposo que amaba a su esposa.

Estos pequeños detalles es lo que importa en una relación; no la casa, el carro, el dinero en el banco. Crean un ambiente que crees te llevará a la felicidad, pero en realidad, no es así.

Recuerda, “No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos”.

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¿Dónde están las monedas? Por Joan Garriga

 

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En una noche cualquiera, una persona, de la que no sabemos si es un hombre o una mujer, tuvo un sueño. Es un sueño que todos tenemos alguna vez. Esta persona soñó que en sus manos recibía unas cuantas monedas de sus padres. No sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, cientos, una docena o aún menos. Tampoco sabemos de qué metal estaban hechas, si eran de oro, plata, bronce, hierro o quizá de barro.

Mientras soñaba que sus padres le entregaban estas monedas, sintió espontáneamente una sensación de calor en su pecho. Quedó invadida por un alborozo sereno y alegre. Estaba contenta, se llenó de ternura y durmió plácidamente el resto de la noche.

Cuando despertó a la mañana siguiente, la sensación de placidez y satisfacción persistía. Entonces, decidió caminar hacia la casa de sus padres. Y, cuando llegó, mirándolos a los ojos, les dijo:

— «Esta noche habéis venido en sueños y me habéis dado unas cuantas monedas en mis manos. No recuerdo si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué metal estaban hechas, si eran monedas de un metal precioso o no. Pero no importa, porque me siento plena y contenta. Y vengo a deciros gracias, son suficientes, son las monedas que necesito y las que merezco. Así que las tomo con gusto porque vienen de vosotros. Con ellas seré capaz de recorrer mi propio camino.»

Al oír esto, los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, se sintieron aún más grandes y generosos. En su interior sintieron que aún podían seguir dando a su hijo, porque la capacidad de recibir amplifica la grandeza y el deseo de dar. Así, dijeron: — Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único y personal. Son para ti.

Entonces este hijo se sintió también grande y pleno. Se percibió completo y rico y pudo dejar en paz la casa de sus padres. A medida que se alejaba, sus pies se apoyaban firmes sobre la tierra y andaba con fuerza. Su cuerpo también estaba bien asentado en la tierra y ante sus ojos se abría un camino claro y un horizonte esperanzador.

Mientras recorría el camino de la vida, encontró distintas personas con las que caminaba lado a lado. Se acompañaban durante un trecho, a veces más largo o más corto, otras veces estaban con él durante toda la vida. Eran sus socios, sus amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores e incluso sus adversarios. En general, el camino resultaba sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.

De vez en cuando esta persona volvía la vista atrás hacia sus padres y recordaba con gratitud las monedas recibidas. Y cuando observaba el transcurso de su vida, miraba a sus hijos o recordaba todo lo conseguido en el ámbito personal, familiar, profesional, social o espiritual, aparecía la imagen de sus padres y se daba cuenta de que todo aquello había sido posible gracias a lo recibido de ellos y que con su éxito y logros les honraba. Se decía a sí mismo: «No hay mejor fertilizante que los propios orígenes», y entonces su pecho volvía a llenarse con la misma sensación expansiva que le había embargado la noche que soñó que recibía las monedas.

Sin embargo, en otra noche cualquiera, otra persona tuvo el mismo sueño, ya que tarde o temprano todos llegamos a tener este sueño.

Venían sus padres y en sus manos le entregaban unas cuantas monedas. En este caso tampoco sabemos si eran muchas o pocas, si eran miles, unos cientos, una docena o aún menos. No sabemos de qué metal estaban hechas, si de oro, plata, bronce, hierro o quizás de barro…

Al soñar que recibía en sus manos las monedas de sus padres sintió espontáneamente un pellizco de incomodidad. La persona quedó invadida por una agria inquietud, por una sensación de tormento en el pecho y un lacerante malestar. Durmió llena de agitación lo que quedaba de la noche mientras se revolvía encrespada entre las sábanas.

Al despertar, aún agitada, sentía un fastidio que parecía enfado y enojo, pero que también tenía algo de queja y resentimiento. Quizá lo que más reinaba en ella era la confusión y su cara era el rostro del sufrimiento y de la disconformidad. Llena de furia y con un ligero tinte de vergüenza, decidió caminar hacia la casa de sus padres.

Al llegar allí, mirándolos de soslayo les dijo:

– «Esta noche habéis venido en sueño y me habéis dado unas cuantas monedas. No sé si eran muchas o pocas. Tampoco sé de qué material estaban hechas, si eran de un metal precioso o no. No importa, porque me siento vacía, lastimada y herida. Vengo a decirles que vuestras monedas no son buenas ni suficientes. No son las monedas que necesito ni son las que merezco ni las que me corresponden. Así que no las quiero y no las tomo, aunque procedan de ustedes y me lleguen a través vuestro. Con ellas mi camino sería demasiado pesado o demasiado triste de recorrer y no lograría ir lejos. Andaré sin vuestras monedas.»

Y los padres que, como todos los padres, empequeñecen y sufren cuando no tienen el reconocimiento de sus hijos, aún se hicieron más pequeños. Se retiraron, disminuidos y tristes, al interior de la casa. Con desazón y congoja comprendieron que todavía podían dar menos a este hijo porque ante la dificultad para tomar y recibir, la grandeza y el deseo de dar se hacen pequeñas y languidecen. Guardaron silencio, confiando en que, con el paso del tiempo y la sabiduría que trae consigo la vida, quizá se pudieran llegar a enderezar los rumbos fallidos del hijo.

Es extraño lo que ocurrió a continuación. Después de haber pronunciado estas palabras ante los padres en respuesta a su sueño, este hijo se sintió impetuosamente fuerte, más fuerte que nunca. Se trataba de una fuerza extraordinaria. Se había encarnado en él la fuerza feroz, empecinada y hercúlea que surge de la oposición a los hechos y a las personas. No era una fuerza genuina y auténtica como la que resulta del asentimiento a los hechos y que está en consonancia con los avatares de la vida, pero la fuerza era intensa.

Sin ninguna serenidad interior, aquella persona abandonó la casa de los padres diciéndose a sí misma:

– Nunca más.

Impetuosamente fuerte, pero también vacía, huérfana y necesitada, aún queriéndolo y deseándolo, no lograba alcanzar la paz.

A medida que la persona se alejaba de la casa de sus padres sentía que sus pies se elevaban unos centímetros por encima de la tierra y que su cuerpo, un tanto flotante, no podía caerse por su propio peso real. Pero lo más relevante ocurría en sus ojos: los abría de una manera tan particular que parecía que miraba siempre lo mismo, un horizonte fijo y estático.

La persona desarrolló una sensibilidad especial. Así, cuando encontraba a alguien a lo largo de su camino, sobre todo si era del sexo opuesto, esta sensibilidad le hacía contemplarlo con una enorme esperanza, la que, sin darse cuenta le llevaba a preguntarse:

– ¿Será esta persona la que tiene la monedas que merezco, necesito y me corresponden, las monedas que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será esta la persona que tiene aquello que merezco?

Si la respuesta que se daba a si misma era afirmativa, resultaba fantástico. A esto, algunos lo denominan enamoramiento. En esos momentos sentía que todo era maravilloso. No obstante, cuando el enamoramiento acababa convirtiéndose en una relación y la relación duraba lo suficiente, la persona generalmente descubría que el otro no tenía lo que le faltaba, aquellas monedas que no había tomado de sus padres.

– ¡Qué pena!, se decía y se quejaba amargamente de su mala suerte, culpando al destino de ello.

A esto lo llaman desengaño y esta persona se sentía sometida a un tormento emocional que tomaba la forma de desesperación, desazón, crisis, turbulencia, enfado, frustración…

Por suerte, o no, en este momento podía estar esperando a un hijo y la desazón se volvía más dulce y esperanzadora, más atemperada. Entonces la pregunta volvía a su inconsciente:

– «¿Será este hijo que espero, tan bien amado, quien tiene las monedas que merezco, que necesito y que me corresponden y que no tomé de mis padres porque no supieron dármelas de la manera justa y conveniente? ¿Será este ser el que tiene aquello que merezco?»

Cuando se contestaba de nuevo que sí, era maravilloso, formidable y empezaba a sentir un vínculo especial con ese hijo, un vínculo asombroso, muy estrecho, lleno de expectativas y anhelos.

Pero si pasa el tiempo suficiente la mayoría de los hijos desean tener una vida propia y saben que tienen propósitos de vida propios e independientes de sus padres. Entonces, aunque aman a sus padres y desean hacer lo mejor para ellos, la presión de tener vida propia resulta exigente, imperioso y tan arrollador como la sexualidad.

Así es como, de nuevo, esta persona comprende un día que tampoco su hijo tiene las monedas que necesita, merece y le corresponden. Sintiéndose más vacía, huérfana y desorientada que nunca entra en crisis y desesperación. Enferma. Ahora tiene entre 40 y 50 años, la fase media de la vida. Ahora ningún argumento la sostiene ya, ninguna razón la calma. Es su “cata-crac” y grita:

– ¡A Y U D A!

¡Hay tanta urgencia en su tono de voz! ¡Su rostro está tan desencajado! Nada la calma, nada puede sostenerla.

Y… ¿qué hace? Va al terapeuta.

El terapeuta la recibe pronto, la mira profunda y pausadamente y le dice:

– Yo no tengo las monedas.

Hay dos clases de terapeutas: los que piensan que tienen las monedas y los que saben que no las tienen.

El terapeuta ha visto en sus ojos que sigue buscando las monedas en el lugar equivocado y que le encantaría equivocarse de nuevo. El terapeuta sabe que las personas quieren cambiar, pero les cuesta dar su brazo a torcer, no tanto por dignidad sino por tozudez y costumbre.

Él piensa: “Amo y respeto mejor a mis pacientes cuando puedo hacerlo con sus padres y con su realidad tal como es. Los ayudo cuando soy amigo de las monedas que les tocan, sean las que sean.”

El terapeuta añade: “Yo no tengo las monedas pero sé dónde están y podemos trabajar juntos para que también tú descubras dónde están, cómo ir hacia ellas y tomarlas.”

Entonces el terapeuta trabaja con la persona y le enseña que durante muchos años ha tenido un problema de visión, un problema óptico, un problema de perspectiva. Ha tenido dificultades para ver claramente. Sólo se trata de eso.

El terapeuta le ayuda a reenfocar y a modular su mirada, a percibir la realidad de otra manera, desde una perspectiva más clara, más centrada y más abierta a los propósitos de la vida. Una manera menos dependiente de los deseos personales del pequeño yo que trata de gobernarnos.

Un día, mientras espera a su paciente, el terapeuta piensa que está listo y que debe decirle, por fin y claramente, dónde están las monedas. Y este mismo día, como por arte de birlibirloque, llega el paciente. Tiene otro color de piel, las facciones de su rostro se han suavizado y comparte su descubrimiento:

– Sé dónde están las monedas. Siguen con mis padres.

Primero solloza, luego llora abiertamente. Después surge el alivio, la paz y la sensación de calor en el pecho. ¡Por fin!

Durante el trabajo terapéutico ha atravesado las purulencias de sus heridas, ha madurado en su proceso emocional y ha reenfocado su visión. Ahora se dirige de nuevo, como lo hizo hace tantos años atrás a la casa de sus padres.

Los mira a los ojos y les dice:

– «Vengo a deciros que estos últimos diez, veinte o treinta años de mi vida he tenido un problema de visión, un asunto óptico. No veía claramente y lo siento. Ahora puedo ver y vengo a deciros que aquellas monedas que recibí de vosotros en sueños son las mejores monedas posibles para mí. Son suficientes y son las monedas que me corresponden. Son las monedas que merezco y las adecuadas para que pueda seguir. Vengo a daros las gracias. Las tomo con gusto porque vienen de vosotros y con ellas puedo seguir andando mi propio camino.»

Ahora los padres, que como todos los padres se engrandecen a través del reconocimiento de sus hijos, vuelven a florecer y el amor y la generosidad fluyen de nuevo con facilidad. Así el hijo ahora es plenamente hijo, porque puede tomar y recibir.

Los padres le miran sonrientes, con ternura y contestan:

– «Ya que eres tan buen hijo puedes quedarte con todas las monedas, puesto que te pertenecen. Puedes gastarlas como quieras y no es necesario que nos las devuelvas. Son tu legado, único, propio y personal, para ti. Puedes tener una vida plena.»

Ahora este hijo se siente grande y pleno. Se percibe completo y rico y puede, por fin, dejar la casa de los padres con paz. A medida que se aleja siente sus pies firmes pisando el suelo con fuerza, su cuerpo también está asentado en la tierra y sus ojos miran hacia un camino claro y un horizonte esperanzador.

Resulta extraño: ha perdido esa fuerza impetuosa que se nutría del resentimiento, del victimismo o del exceso de conformidad. Ahora tiene una fuerza simple y tranquila, una fuerza natural.

Recorriendo el camino de su vida encontraba con frecuencia otras personas con las que caminaba lado a lado como acompañantes durante un trecho, a veces largo, a veces corto, a veces durante toda la vida. Socios, amigos, parejas, vecinos, compañeros, colaboradores, incluso adversarios. En general se trataba de un camino sereno, gozoso, en sintonía con su espíritu y con su naturaleza personal. Tampoco estaba exento de los pesares naturales que la vida impone. Era el camino de su vida.

Un día se acercó a la persona de la que se enamoró pensando que tenía las monedas y también le dijo:

– «Durante mucho tiempo he tenido un problema de visión y ahora que veo claro te digo: Lo siento, fue demasiado lo que esperé. Fueron demasiadas expectativas y sé que esto fue una carga demasiado grande para ti y ahora lo asumo. Me doy cuenta y te libero. Así el amor que nos tuvimos puede seguir fluyendo. Gracias. Ahora tengo mis propias monedas.»

Otro día va a sus hijos y les dice:

– «Podéis tomar todas las monedas de mi, porque yo soy una persona rica y completa ahora que he tomado las mías de mis padres.» Entonces los hijos se tranquilizan y se hacen pequeños respecto a él y están libres para seguir su propio camino tomando sus propias monedas.

Al final de su largo camino se sienta y mira aún más allá. Hace un repaso de la vida vivida, de lo amado y de lo sufrido, de lo construido y de lo maltrecho. A todo y a todos logra darles un buen lugar en su alma. Los acoge con dulzura y piensa:

– «Todo tiene su momento en el vivir: el momento de llegar, el momento de permanecer y el momento de partir. Una mitad de la vida es para subir la montaña y gritar a los cuatro vientos: ‘Existo’.

Y la otra mitad es para el descenso hacia la luminosa nada, donde todo es desprenderse, alegrarse y celebrar.

La vida tiene sus asuntos y sus ritmos sin dejar de ser el sueño que soñamos»

Joan Garriga – Del libro “El buen amor en la pareja”

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COMO SER INFIEL : 10 pasos a seguir

 

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1.Guarda el secreto. No le digas a tu pareja, ni a un amigo, ni a nadie. Esto es obvio y es la regla de oro para la infidelidad. Si no la sigues, todo el plan se arruinará, así que debes mantenerlo en secreto.

  • Aunque se trate de un amigo, es posible que sienta remordimiento y le cuente la verdad a tu pareja.
  • Mientras menos personas sepan de tu infidelidad, más a salvo estarás para que no la descubran.

 

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2. Háblale bien de ti a tu amante. Puedes empezar por tus verdaderas cualidades y después, gradualmente ir mezclando tus fantasías sobre ti mismo, hasta llegar al ideal que siempre habrías querido mostrar a alguien. Puedes agregar que, gracias a tus virtudes, tu relación sobrevive. Se entiende que esta es una relación vertiginosa que puede terminar en cualquier momento, entonces… ¿para qué mostrar el lado negativo?

 

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3. Elimina todos los mensajes de tu celular. Asegúrate de que no quede ningún mensaje ni de uno(a), ni de otro(a). Eso sí, siempre tienes que dejar mensajes de algún colega para disimular; es muy sospechoso que no tengas ningún mensaje guardado.

  • Debes ser cauteloso y borrar los mensajes tan pronto los recibas.
  • Haz lo mismo cada vez que tú le envías un mensaje a tu amante. Es posible que te resulte tedioso, pero es la mejor forma de mantenerte lejos de las sospechas.

 

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4. Elimina todas las fotos de tu celular. Y si te preguntan, “Cariño, ¿dónde están las fotos?”. La mejor respuesta es: “Pasé las fotos al ordenador porque en el móvil tengo poca memoria” y, acto seguido, haz el favor de pasar algunas por si algún día se le ocurre la brillante idea de comprobarlo. Es conveniente que no mantengas ninguna clase de foto, así estarás libre de sospechas. Es mejor que piensen que no te agradan las fotografías a que te descubran.

 

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5.Ten el timbre del celular siempre en silencio. Es posible que alguna vez pierdas alguna llamada, pero tú siempre puedes regresarla. Para seguridad, cambia el nombre por el de un colega, es decir, cuando estés con el sujeto número “1” cambia el nombre del sujeto número “2” por el de un colega, y viceversa.

  • Así, en el caso de que tu móvil vaya a parar a sus manos y ve llamadas perdidas, que vea que son de tu colega y no levante sospecha alguna.
  • No es recomendable que tengas más de un teléfono móvil, es bastante complicado mantenerte libre de sospechas con un solo celular, será peor si tienes más de uno, inclusive resulta más sospechoso.

 

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6. Opta por tener un cómplice de tu entera confianza. En caso de que la situación se torne difícil y las sospechas estén comenzando a tener fundamentos, puedes contar con alguien, que sea totalmente fiel a ti, para que te apoye y te ayude a crear una coartada.

  • El cómplice debe conocer los dos personajes y estar al tanto de tus movimientos.
  • En caso de necesidad, puedes recurrir a él y decirle a tu pareja o tu amante: “Si quieres llama a X y le preguntas donde he estado”.

 

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7. Diviértete… mientras dure. Tu aventura podría durar solo una llamada o solo una cita, hasta que la otra persona descubra la verdad. Si tienes las agallas para ser infiel, entonces disfruta del momento, ya habrá tiempo para episodios amargos.

 

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8. Mantente libre de marcas y perfumes. Debe quedar entendido que nunca debes dejar que te hagan un chupetón, porque aparte de ser totalmente anti estético puede echar por tierra todo tu esfuerzo. Los chupetones son realmente la prueba del delito.

  • También debes evitar que se te peguen aromas o perfumes del sexo opuesto, resulta demasiado obvio que cada vez que tienes una actitud un tanto sospechosa traigas encima un perfume desconocido.
  • Es una buena idea regalarle a ambas partes el mismo perfume, así te ahorrarás varias excusas.
  • Revisa tu ropa en busca de alguna nota, lápiz de labio, un arete extraviado o ticket de un restaurante. Cualquier cosa puede desencadenar una discusión y levantar sospechas. Mientras menos muestres, menos tendrás que mentir.

 

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9. Enfócate y no te confundas con sus nombres. Un posible error sería equivocarte con el nombre, pero la solución es fácil. Simplemente acostúmbrate a decir “cariño” siempre. Nada de nombres, a no ser que se llamen igual, que sería genial pero es muy difícil que pase. Llamar a las dos personas “cariño” funciona y es un buen camino para evitar confusiones.

 

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10. Piénsalo bien y si es necesario, cancela la aventura. Mira a tu alrededor, piensa en lo que perderás, valora lo bueno de tu vida y también lo malo. Considera el tiempo transcurrido, sé justo, piensa en los buenos tiempos, en el esfuerzo invertido y en el amor. Siempre es conveniente evitar amarguras y desengaños.

 

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“El dinero es amor que fluye”

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Equilibrar el dar y recibir. Compensar lo recibido.

Sería mejor hablar de “recibir y dar”, mucho mas que “dar y recibir” y más precisamente de “tomar y dar”. ¿Por qué? y ¿qué significa “tomar y dar”?

Existimos gracias al abrazo que se dieron nuestros padres biológicos. Somos cada uno una mezcla única de sus cromosomas y genes. Haya pasado lo que haya pasado, nuestra vida se la debemos primero a ellos.Existimos porque recibimos la vida de ellos.

Si nos abrimos incondicionalmente a la vida que nos han transmitido y que se perfila hacia delante entonces la vida fluirá a través de nosotros y se volverá bondadosa.

Al abrirnos, aceptamos incondicionalmente y activamente a los padres. Eso es el “tomar” a la madre y al padre.

“Madre, te tomo como mi madre, tal y como eres. Gracias por la vida que me has dado. La tomo incondicionalmente de ti. Gracias por ser mi madre. Para agradecértelo, lo que me falta me lo busco yo. Para darte las gracias me pongo al servicio de la vida”

“Padre, te tomo como mi padre, tal y como eres. Gracias por la vida que me has dado. La tomo incondicionalmente de ti. Gracias por ser mi padre. Para darte las gracias, lo que me falta me lo busco yo. Para darte las gracias me pongo al servicio de la vida”

¿Qué pasa cuando algo de los padres no nos gusta?El sistema familiar, o consciencia, campo o alma familiar, vela por la integridad del grupo, del clan; todos los miembros pertenecen al clan, hayan hecho lo que hayan hecho. De modo que si alguien rechaza a otro, quiere eliminar a otro, esa intención choca frontalmente con la unidad y supervivencia del grupo y el sistema familiar automáticamente, de un modo ciego, reintroduce al rechazado bajo forma de fracasos, enfermedades o accidentes, en la vida de la persona que le rechazó o de sus familiares más jóvenes.

Y uno de los fracasos más evidentes es el de la abundancia. La abundancia nos viene como respuesta a nuestro amor. Pero ¿qué amor hay en querer sólo lo amable de los padres y de sus familias? El amor recompensado por el sistema familiar es el amor a todos como son, como fueron: la compasión para con el tío abuelo soltero amargado y autoritario, el bisabuelo que arruinó a su familia, la madre que abandonó el hogar, el abuelo alcohólico, etc.

Y ¿Qué ocurre cuando asentimos a todo, sin juicio? La carga negativa de la herencia desaparece, sólo se van a transmitir fuerza y amor.

Estar en el sí a todo como es y en el agradecimiento incondicional a la vida como es estar en sintonía con el espíritu. Y la respuesta del espíritu a nuestra entrega es la abundancia. La abundancia pertenece al campo del espíritu.

“Te tomo como mi madre, tal y como eres. Eres la única madre posible para mi. Eres la mejor madre posible para mi.”

“Te tomo como mi padre, tal y como eres”.

“yo soy un desafío, soy la fusión de vuestras dos familias, con mentalidades y responsabilidades opuestas. Y recojo el desafío que me ofrece la vida. Tal y como soy, fusión de seres distintos, me pongo al servicio de la vida.”

En los humanos existe un impulso instintivo, biológico, hormonal, a devolver lo que hemos recibido. Gracias a ello existen las relaciones entre los seres humanos y entre los pueblos. Por el hecho de haber recibido la vida de nuestros padres, estamos impulsados a compensarlos. Y como no podemos compensarles la vida que nos dieron, lo hacemos con los demás, dando la vida a otros, trabajando al servicio de la vida de otros. Toda nuestra vida adulta está impulsada por nuestra necesidad de compensar lo que recibimos de los padres. Y a su vez el entorno, el mundo, la sociedad, nos compensa con su gratificación en forma de reconocimiento y dinero.

Por lo que cuanto menos aceptemos a nuestros padres, a su cultura, su educación, su carácter, país de origen, religión, etc. menos impulso para compensar vamos a tener, menos gusto para el trabajo, para la entrega a los demás, para el compromiso. Y por lo tanto tampoco el entorno nos compensará, la abundancia pasará de largo.

La abundancia, la prosperidad es una respuesta sistémica del movimiento del espíritu al respeto incondicional para con los padres, al agradecimiento incondicional a lo que viene con ellos: cultura, país, nivel económico, lengua, ideología, etc. Agradecimiento a la vida como es. Respeto y aceptación de todos. De todos significa incluso de los que dan miedo, rabia o repugnancia, y sobre todo de ellos.

BERT  HELLINGER

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“La pareja perfecta”

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Sentados en la plaza del pueblo, dos viejos amigos conversan mientras observan a varias parejas sentadas en el césped.

– Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte? – preguntó el primero

– Lo pensé, pero nunca llegué a casarme – respondió el segundo -. Cuando era joven me decidí a buscar a la mujer perfecta.

Tras esgrimir una leve mueca, el hombre continuó diciendo:

– Cuanto fui a las costas encontré a la mujer más bella que jamás había visto, pero no conocía de las cosas materiales de la vida ni era muy espiritual. Cuando fui a lo más alto de la montaña, conocí a una mujer muy bonita y con un intenso interés por espiritual, pero no se le daba importancia a las cosas materiales o lo que ocurría en el mundo. Seguí andando y llegué a una ciudad, donde tropecé con una mujer muy linda y rica, pero no se preocupaba del aspecto espiritual. Al llegar a las praderas hallé a una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita. Seguí buscando y en uno de mis viajes tuve la oportunidad de cenar en la casa de una joven bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material. Era la mujer perfecta.

Se produjo un breve silencio que permitió escuchar el suspiro de aquel hombre.

– ¿Y por que no te casaste con ella? – Le preguntó el amigo

– ¡Ah, querido amigo mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.

Sentados en la plaza del pueblo, dos viejos amigos conversan mientras observan a varias parejas sentadas en el césped.

– Entonces, ¿Nunca pensaste en casarte? – preguntó el primero

– Lo pensé, pero nunca llegué a casarme – respondió el segundo -. Cuando era joven me decidí a buscar a la mujer perfecta.

Tras esgrimir una leve mueca, el hombre continuó diciendo:

– Cuanto fui a las costas encontré a la mujer más bella que jamás había visto, pero no conocía de las cosas materiales de la vida ni era muy espiritual. Cuando fui a lo más alto de la montaña, conocí a una mujer muy bonita y con un intenso interés por espiritual, pero no se le daba importancia a las cosas materiales o lo que ocurría en el mundo. Seguí andando y llegué a una ciudad, donde tropecé con una mujer muy linda y rica, pero no se preocupaba del aspecto espiritual. Al llegar a las praderas hallé a una mujer que conocía el reino de la materia y el del espíritu, pero no era bonita. Seguí buscando y en uno de mis viajes tuve la oportunidad de cenar en la casa de una joven bonita, religiosa, y conocedora de la realidad material. Era la mujer perfecta.

Se produjo un breve silencio que permitió escuchar el suspiro de aquel hombre.

– ¿Y por que no te casaste con ella? – Le preguntó el amigo

– ¡Ah, querido amigo mío! Lamentablemente ella también quería un hombre perfecto.

Cuando busques a una persona con quién compartir tu vida, no busques una pareja perfecta. Si ya estás compartiendo tu vida con alguien, no busques que sea una pareja perfecta. Busca a una persona de carne y hueso, con sus sentimientos y su forma de ser particular, con sus cualidades y sus limitaciones, que sienta el mismo amor, compromiso y entrega que tú estás dispuesto a dar, aunque no sea perfecta.

En lugar de esperar a que tu pareja sea la persona ideal, pregúntate primero si tú eres la persona ideal para ella. Esto tal vez te ayude a comprender que el amor no es cuestión de perfección, sino de un diario, amoroso y sincero compartir…

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El malvado Milisforo

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Hubo una vez un villano tan malvado, llamado Milisforo, que ideó un plan para acabar con todas las cosas importantes del mundo. Ayudado por sus grandes máquinas e inventos, consiguió arruinar a todos, pues inventó una poción que quitaba las ganas de trabajar. También hizo que la gente no quisiera estar junta, pues a todos infectó con un gas tan maloliente que cualquiera prefería quedarse en casa antes que encontrarse con nadie.

Cuando el mundo entero estuvo completamente patas arriba, comprobó que sólo le quedaba una cosa por destruir para dominarlo completamente: las familias. Y es que a pesar de todos sus inventos malvados, de sus gases y sus pociones, las familias seguían estando juntas. Y lo que más le fastidiaba era que todas resistían, sin importar cuántas personas había en cada una, dónde vivían, o a qué se dedicaban.

Lo intentó haciendo las casas más pequeñas, pero las familias se apretaban en menos sitio. También destruyó la comida, pero igualmente las familias compartían lo poco que tenían. Y así, continuó con sus maldades contra lo último que se le resistía en la tierra, pero nada dio resultado.
Hasta que finalmente descubrió cuál era la fuerza de todas las familias: todos se querían, y no había forma de cambiar eso. Y aunque trató de inventar algo para destruir el amor, Milisforo no lo consiguió, y triste y contrariado por no haber podido dominar el mundo, se rindió y dejó que todo volviera a la normalidad.

Acabó tan deprimido el malvado Milisforo, que sólo se le ocurrió ir a llorar a casa de sus padres y contarles lo ocurrido. Y a pesar de todas las maldades que había hecho, corrieron a abrazarle, le perdonaron, y le animaron a ser más bueno. Y es que, ¡hasta en la propia familia del malo más malo, todos se quieren y perdonan todo! ¿No es una suerte tener una familia?