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El caballero que no sabía pedir perdón

caballoErase una vez un despiadado caballero que durante toda su vida no había hecho otra cosa que sembrar la discordia, y causar dolor a cuantas personas habían osado cruzarse en su camino.

Un buen día, al levantarse, observó que le habían salido unas llagas purulentas y malolientes en la piel de todo su cuerpo. A medida que pasaban los días, las úlceras iban creciendo y creciendo. Asustado, decidió acudir al lago azul, famoso por curar todo tipo de enfermedades.

Agotado por el viaje, bajó de su caballo y se sentó en la orilla del lago. De pronto, emergió de las aguas una hermosísima ninfa que le preguntó:

-Poderoso caballero ¿qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

-Hace tiempo que vengo sufriendo de terribles heridas que invaden todo mi cuerpo.

La ninfa  le dijo:

-Báñate en el lago.

El hidalgo así lo hizo y, después de permanecer varios minutos en las frías aguas, salió. Y cuál fue su sorpresa, al comprobar que no había desaparecido ni una sola de sus llagas.

-¡Mira! -exclamó enfadado-: No he sanado.

El hada sin perder  la calma le dijo:

-Tus llagas son el fruto del odio que llevas en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón  puede curarte.

El aristócrata, enfurecido, montó de nuevo sobre su caballo y con premura se alejó de allí.

Pasó el tiempo y, un atardecer de verano, el caballero regresó de nuevo hasta el lago. La ninfa emergió nuevamente de las aguas y le preguntó:

-¿Qué has venido a buscar aquí?

El gentilhombre respondió:

-¿Es que no me reconoces?

El hada le observó con detenimiento durante unos minutos y le dijo:

-Han aumentado tanto las lesiones de tu piel que, de no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido.

El hidalgo, angustiado, exclamó:

-¡Ayúdame! Me he convertido en un monstruo repugnante, y sufro de terribles dolores.

La ninfa,  con voz serena, le respondió:

-Las úlceras son el fruto del odio que anida en tu corazón. Tan sólo el bálsamo del perdón puede sanarte. El dolor que sufres, no es otra cosa que tu propio arrepentimiento.

El hidalgo, cabizbajo, montó de nuevo sobre su caballo y se alejó del lugar.

Pasó el tiempo y, un amanecer, llegó hasta el lago un apuesto joven.

La mágica dama emergió de las transparentes aguas y le preguntó:

¿Qué has venido a buscar aquí?

El joven  respondió, a la vez que se dibujaba una gran sonrisa en sus labios:

-¿No me reconoces?   Yo, soy aquel caballero lleno de úlceras que vino hasta ti para pedirte ayuda. ¿Me recuerdas ahora?

El hada, sorprendida, exclamó:

-De no ser por tu voz, jamás te hubiese reconocido. Te has transformado en un joven muy apuesto, me entusiasma comprobar que estás completamente sano.

El gentilhombre prosiguió:

-Vengo a darte las gracias, hermosa dama. Puse en práctica tu sabio consejo, y fui a pedir perdón a todos y cada uno de los seres humanos a los que un día hice daño. Por cada persona que me perdonaba de corazón, desaparecía una de mis llagas. Así, hasta curarme del todo.

La ninfa sonrió satisfecha.

-No tienes nada que agradecerme, lo has hecho todo tú solo. Yo tan sólo soy la voz de tu conciencia y el lago, el espejo donde veías  reflejado tu interior. A partir de ahora, dedícate a hacer el bien y a amar a tus semejantes y, cuando quieras hablar conmigo, tan sólo tendrás que escuchar la voz de tu corazón.

 

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